Una ventana para la educación a distancia.- por Benjamin Marticorena

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Como fuente de información para todo propósito, internet está en la consciencia colectiva; especialmente en la de los jóvenes. Y, por otro lado, entre las tecnologías que emplea la red, las plataformas de teleconferencias, videos y música, asociadas con la radio y la TV, han enriquecido sus servicios en proporción al creciente conocimiento en microelectrónica y óptica. Disponemos, así, de dos condiciones necesarias para la educación básica a distancia: 1) Una oferta tecnológica con capacidad para adaptarse a los requerimientos específicos de las personas e instituciones, y 2) Una generación de jóvenes predispuestos a apropiarse de ella.

Pero una tecnología disponible y una generación dispuesta, siendo condiciones necesarias, no son suficientes para que la educación a distancia sustituya a la presencial sin afectar la eficiencia formativa. La insuficiencia se explica, entre otras razones, por: 1) La cercanía física del profesor a sus alumnos permite la mejor expresión gestual – que no se limita a la mímica facial – que acompaña su exposición; 2) La comunicación a distancia limita el campo visual de los alumnos al de su pantalla receptora, con la sensación de que su profesor se desenvuelve en un espacio recortado; 3) Si se trata de experimentos de ciencias, un recurso decisivo de la enseñanza es la posibilidad de desplazamiento en varios planos y en permitir distintos ángulos de observación; y, 4) Nadie – como lo ha recordado hace poco el ex Ministro de Educación Jaime Saavedra- puede permanecer siete horas diarias frente a una pantalla. Y a estas razones se agrega el hecho sustantivo de que para una política inclusiva, la eficacia del programa de educación a distancia dependerá del acceso equivalente de todos los segmentos sociales y culturales en el territorio nacional.En las últimas décadas, y gracias a ese dinamismo tecnológico, algunos de los antiguos grandes museos de ciencias (y de artes y oficios) del mundo, se han convertido en Centros de Cultura Científica, con funciones y propósitos más amplios que los de sus instituciones maternas, especialmente en el acompañamiento a la educación escolar, la promoción de la salud y la nutrición, la diversificación de actividades culturales, los programas de inclusión social productiva y la práctica deportiva.

Limitándonos al acompañamiento a la educación escolar, un Centro de esta clase es esencialmente un gran taller de producción de textos, experimentos, audios, videos y modelos puestos en un repositorio dinámico y abierto para los profesores y estudiantes de las distintas localidades del país, urbanas y rurales, que pueden acceder a él durante sus trabajos en el aula o en sus domicilios. Para el Perú, el Centro puede también asumir los programas de actualización continua (presencial y a distancia) de los profesores, constituyéndose en un instrumento de apoyo general para la enseñanza escolar. Y, el universo de trabajo no queda restringido a las ciencias naturales y ambientales y a las matemáticas, sino que se aplica con similar eficacia a las materias de geografía e historia, ética y psicología, sociedad y valores, gimnasia y trabajos de campo, esenciales para la formación ciudadana de los jóvenes. Además, como ya se ve en numerosos países, estos centros son igualmente eficaces en la formación de niños pre escolares (“voraces de conocimiento” como los describe el astrofísico francés Pierre Léna, director de un program a nacional francés para ellos). Aunque el país siempre ha requerido de un Centro como éste, la pandemia y sus secuelas sobre la educación, traen al primer plano la urgencia de respuestas institucionales, técnicas y didácticas. Si un Centro de Cultura Científica es –como creo- una respuesta adecuada, es necesario un proyecto propio con ductilidad de adaptación a situaciones distintas según la región del país a la que sirva.

El marco para tal efecto comprendería, además de los distintos niveles de gobierno y la  conducción del Ministerio de Educación, a las universidades, institutos pedagógicos y tecnológicos, al sector privado interesado en fortalecer la educación y a organizaciones civiles orientadas a ese propósito. De la concertación de estos actores, surgirían el plan estratégico del Centro y dos órganos de apoyo y gestión: una fundación o patronato que asegure la realización del plan y un comité consultivo -constituido por personas con reconocimiento social y académico- que provea a la nueva institución de consejos oportunos y asesoramiento adecuado de cara a la complejidad del escenario social y cultural peruano. Debe pensarse también en alianzas internacionales con organismos multilaterales y con instituciones similares de otros países, una dimensión manifiestamente fundamental en estos tiempos.

Benjamín Marticorena Castillo